viernes, 28 de noviembre de 2008

Manuel Leguineche

lejos de contar aventuras remotas, guerras y conflictos, es un libro cercano sobre las cosas cotidianas, un remanso de reflexiones y anécdotas diarias. Podríamos decir que se trata de una especie de diario sin fechas, disfrazado de prosas breves y aforismos. Su título lo debe a un club que realmente existe, bajo el mismo nombre de "El Club de los faltos de cariño", que hace cuarenta años, Manuel Leguineche y algunos amigos y amigas, fundaron en su casa madrileña. Unos amigos y amigas que, a pesar de los años difíciles en los que nació esta asociación, eran amantes de tomarse las cosas con calma, llevar una existencia sencilla y disfrutar de la vida sin agobios. Leguineche nos dice en el libro que hoy todos estamos al caza de emociones de manera compulsiva y eso no hace más que complicarnos la vida. Probablemente esta reflexión sea cierta, y probablemente esa sencillez buscada, esa vida sin agobios o el atormentador ruido de la ciudad de Madrid, animaron a Manuel Leguineche a refugiarse en la paz y el sosiego de su casa de Brihuega (Guadalajara), que fue Escuela de los Gramáticos en el siglo XVI, donde encuentra el tiempo para meditar y escribir sus reflexiones, para suerte de todos sus lectores. Y entre sus pensamientos nos presenta a su gata Muki, a su pato Toribio y cuantos árboles tiene, cada uno bautizado con el nombre de un escritor: así el nogal es Pío Baroja, el ciprés Delibes, el pino Azorín, Hemingway la higuera, o Unamuno el laurel.

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